by Mika » Thu Feb 02, 2012 2:52 pm
La partida de exploración del archimago Nolakwen había sido satisfactoria y volvían a su señor con la prueba del montón de huesos que es lo único que quedó de los extraños cadáveres andantes que merodeaban por la zona. Parecía que las noticias de las extrañas corrientes mágicas habían llegado a más oídos de los esperados. Nolakwen había decidido atacar antes de ser atacados y seleccionó una ladera flanqueada por la izquierda por un caudaloso río.
Las tropas se encontraron y mientras los elfos se asentaban por el terreno, una extraña convulsión desgarró el cielo y con el sonido de un millón de almas en pena, la descarga fue a parar a nuestros gloriosos príncipes de dragón, las más orgullosas de nuestras tropas. Antes de que pudieran gritar, habían sido completamente volatilizados, y con ellos el carro que les cubría el flanco. Cuando terminó de levantarse el polvo, una cuadrilla de carros había llegado a las posiciones de un lanzavirotes, que sucumbía bajo su embite. Tras este desastroso comienzo, Nolakwen, salvaguardado por las filas de decenas de lanceros, giró y contempló sus tropas. El miedo podía verse en sus rostros. No era como la academia. En la batalla real había muertes. Acarió su gastado tomo de magia y se preparó para castigar a sus enemigos. Tras lanzar algunos hechizos de protección, se preparó para el hechizo más poderoso de su arsenal. Las hojas crepitaban. El suelo que pisaban los guerreros tumularios se abría bajo sus pies y reclamaba sus no-vidas. Pronunció las palabras mágicas, pero los residuos de la corriente de almas habían tergiversado el flujo de la magia, y se produjó un desconcierto en su mente. Cuando volvió en sí, casi la mitad de los efectivos tumularios habían desaparecido, pero había olvidado por qué y notaba como la magia apenas fluía por sus venas. Vio con una desdeñosa sonrisa como el nigromante, al intentar canalizar las energías mágicas, también había fracasado, creando un vórtice energético de tal poder que había aniquilado a prácticamente todos sus guardaespaldas. La fuerza que animaba sus esqueletos parecía provenir de este descompuesto ser, por lo que Nolakwen decidió lanzar los proyectiles hacia él, que corría despavorido por el frente de batalla buscando cobijo. La suerte estaba de su parte, y las decenas de flechas se clavaban a su alrededor, aniquilando briznas de hierba y roedores.
Los elfos se lanzaron hacia adelante para concederles el descanso a esos cadáveres, pero era imposible alcanzarlos ya que huían como cobardes. En un error de cálculo, incluso una de las unidades de lanceros fue objeto de una carga brutal de dos unidades de carros y una de caballería. Tristemente, no hubo supervivientes en esa carnicería. Otra se avecinaba por el flanco derecho, donde un gólem escorpión galopaba para aniquilar a los arqueros, para terminar ensartado por un enorme virote. La noche se acercaba y los bandos se retiraban a cuidar de sus heridos. Hoy, la mayor parte estaban en el bando de los elfos. Nolakwen se lamentaba de no haber podido ganar una batalla a priori asequible, pero juraba sobre la sangre de sus camaradas muertos, que no quedaría ni uno en pie en su próximo encuentro.