by Mika » Mon May 21, 2012 12:18 pm
Sabíamos que otras razas habían tratado de llegar hasta este punto, pero por alguna razón, no volvieron a dar muestras de vida. Imaginamos que el medio los devoró. Fueron afortunados. Os relataré como fue aquel aciago día en el que el infierno se desató sobre la tierra. Como gran señor de los enanos, había situado a mis estoicos camaradas sobre la colina, a la espera de arrojar muerte desde la distancia con nuestra poderosa maquinaria. Hacia el norte, una ingente masa de ratas de todos los tamaños como jamás haya visto barba alguna se precipitaban chirriantes hacia el campo de batalla, enloquecidas por dos enormes artilugios mecánicos. Hacia el sureste, una hueste de disciplinados elfos preparaban su táctica.
Mientras cargábamos afanosamente el cañón órgano, se abrieron los cielos y decenas de piedras cayeron desde las nubes precipitándose sobre todo el campo de batalla. Ningún enano fue alcanzado. Pero de pronto, como si hubiera sido la antesala, un enorme y pestilente pie del tamaño de un regimiento entero descendió implacable sobre nuestros atronadores, reduciéndolos a una masa de carne fundida con el acero de sus arcabuces. Parece que se regocijó del sonido que hacían nuestros duros esqueletos al crujir, pues acto seguido, descendió otra vez y otra, dejando nuestras líneas francamente debilitadas y algún que otro enano aislado en pánico absoluto. No veíamos lo que sucedía a lo lejos, ya que bastante teníamos con evitar morir por la Gran Pestilencia Pisadora que jamás había conocido ducha. Pero sí oímos una especie de vendaval de destrucción que gritaba enfurecido. Ante su paso, la hierba era teñida de rojo. Pero mientras no fuera sangre enana, era un aliado.
Poco después de poner orden entre nuestras filas, un poderoso sonido rasgó el aire y nuestros tímpanos comenzaron a sangrar. Parece que procedía de aquella enorme campana que arrastraban engendros coludos y que llevaba encima una rata especialmente asquerosa y astuta. Nuestra maquinaria de guerra vibraba, los soportes de madera se astillaba, el metal de los cañones se resquebraba. Todo en medio de una violentísima tormenta desatada de la nada que nos impedía apuntar y de recurrentes incendios que manaban de los misteriosos dedos del vidente ratonil. L as ratas llevaban la iniciativa y eran superiores en número.Era el momento de avanzar hasta la muerte. El choque de tropas fue brutal, y ratas y enanos caían por doquier. Los elfos, que habían dividido sus fuerzas, avanzaban por el norte y el sur, y, con una maniobra envolvente, marchaban decididos a aniquilar nuestro flanco de ballesteros y atronadores. ¡Que lo intenten! ¡Recibirán fuego, recibirán virotes!
Los exploradores del otro extremo del campo de batalla hablaban de una batalla encarnizada entre más y más ratas y los elfos. Poderosos hechizos mágicos eran contrarrestados con enormes engendros tan horribles que se sospechaba que no eran aceptados en el inframundo, y volvían de la muerte para continuar arrasando. Ambos bandos se estaban masacrando. Y entre ellos, la bestia. No se parecía a nada que hubiéramos visto. Enorme. Hercúleo. Gigantesco. Era como si una montaña desplazándose a la velocidad de un caballo, detuviera el corazón de todo lo que tocara de la forma más brutal posible. Unos murieron aplastados, otros golpeados, otros mordidos, otros pateados, otros recibieron el golpe de su garrote, e incluso es posible que muchos de los elfos cayeran únicamente a causa de su mal olor.
De vuelta a nuestra batalla, estaba alcanzando cotas de sufrimiento máximo. Ratas con la velocidad de la locura, ruedas mortíferas, manadas de ratas del tamaño de un perro, amerratadoras, tuneladoras… machaban matadores, martilladores y rompehierros sin parar, siendo diezmadas a cambio. La situación estaba equilibrada. Éramos menos, pero más poderosos. En duelo personal, nuestro señor del clan se había deshecho sin dificultad de una gran rata especialmente hábil, y sentía en sus venas un nuevo poder creciente, más fuerza, más velocidad, sólo deseaba matar. Los elfos, que estaban ya muy próximos a nuestras filas, al observar la situación dividieron sus tropas para atacarnos tanto a nosotros como a las ratas. Pero el vendaval de muerte les arrasó por completo. Por fin pude ver a la muerte en forma de Paladín. Más tarde posó su mirada sobre mi, dos veces, reconociéndome como el más poderoso de los de mi raza, y la carne me ardió. Si Gorko estaba escoltado por un ejército compuesto por soldados como este, espero que nuestros Dioses de la Piedra tengan alguna unidad equivalente para no sucumbir al mal. Atravesó todas las filas élficas girando implacablemente. Donde posaba su mirada, había muerte. Donde pasaba sus pies, nacía la muerte. Tras su paso arrollador, quedaban menos de la mitad de los elfos. Les ofrecimos una tregua, para luchar contra los skaven todos juntos. Los ilusos aceptaron, y cuando se giraron para atacar a las ratas, recibieron metralla y balas por la espalda. No quedó ninguno vivo. Cuantos menos elfos haya en el mundo, más seguro será.
Emanaciones letales afectaban nuestros pulmones y algunos desafortunados comenzaban a caer tosiendo, para morir pocos minutos después. En el otro flanco de la batalla, el exterminio skaven-élfico terminó con muy pocos supervivientes, únicamente del bando élfico. Las ratas apenas si contaban con efectivos en nuestro lado. La gran campana gritona había cesado su movimiento. Los elfos eran pocos y estaban demasiado lejos para inquietar. El enorme paladín parecía ser ya nuestro único rival, pues corría hacia nosotros como un corcel del Apocalipsis. Atravesó también nuestras filas, sembrando la muerte aquí y allá. Cuando giraba el rostro, un poderoso rayo verde manaba de sus pupilas y deseábamos no estar donde enfocaban. Algunos de los nuestros lograron escapar del radio de acción del Paladín de Gorko, y respiraban aliviados. Pero entonces sucedió y supe que éramos observados por los dioses, que éramos sus juguetes. El gran pie inmundo descendió y comenzó a saltar y saltar de aquí para allá en el campo de batalla. Todo lo que había debajo moría inexorablemente bajo su peso. Era como un niño caprichoso que pisaba y pisaba y pisaba. Una risa estentórea se escuchaba haciendo coro al crujir de los huesos. Tras lo que pareció una eternidad, miré a mi alrededor y comprobé que no quedaba nadie con vida. Ni elfos, ni ratas ni camaradas enanos. Sólo la mole del paladín a lo lejos. Y yo. Entonces una gran sombra se cernió sobre mí. Y pude reconocer ese apestoso olor. Fue lo último que reconocí.