by Mika » Thu Feb 09, 2012 3:30 pm
Nolakwen recordaba amargado la ultrajante derrota frente a los esqueletos del Faráon Fürher Fillita y apelaba a los vientos de la magia para poder recuperarse de la afrenta. Con el ceño fruncido, divisó en la lejanía una enorme horda de orcos, y supo que sus designios se habían cumplido. Los orcos, liderados por un poderoso comandante sobre serpiente alada, y con numerosos kaudillos bajo su poder, eran especialmente belicosos, y hasta los babeantes troll deseaban unirse a la batalla. La batalla tuvo lugar centrado en torno a un templo de Sigmar, que provocaba urticaria en la verde piel de los orcos. Acariciando su libro de Hoeth, el general Nolakwen revisó sus tropas, concentradas en un silencio marcial. El aire se llenaba de los guturales sonidos de los orcos salvajes, que avanzaban en tropel.
La descarga de dos enormes virotes inició las hostilidades. El primero provocó heridas superficiales en la gigantesca serpiente alada, mientras que el segundo fue detenido en su mortífero trayecto por los hercúleas manos del Gran Kaudillo Orco, lo que enardeció a sus congéneres, que empezaron a correr como poseídos. Los trolls no entendían el alboroto y seguían en su mundo. Saliendo de la nada, y aprovechando las coberturas, dos jarías de goblins en lobo arrasaron los lanzavirotires, y un águila que se lanzó a detenerlos. Las cosas pintaban verde.
Pozo de las sombras. Son las palabras que de aquí a la eternidad hará que los orcos salvajes odien a Nolakwen y se escondan aterrorizados en sus madrigueras. El archimago liberó todo el poder que tenía en su interior y los orcos no podían sino contemplar atónitos como entre sus líneas surgían enormes vórtices mágicos sobre los que caían sus congéneres, o misteriosas sombras que les atrapaban las piernas en sus marchas, o se concentraban en sus músculos, socavando su energía. Violentas llamaradas ardían fácilmente en la hedionda piel de los trolls, inmune por otro lado a la descarga de flechas. Un enorme péndulo energético avanzaba a intervalos regulares hacia sus fuerzas, aniquilando todo lo que no era capaz de esquivarlo. Incluso el gran kaudillo estuvo a punto de sucumbir, de no ser por la intervención de un incondicional, que le empujó en el último momento. Cuando el pozo de las sombras se abrió bajo los pies de la serpiente alada del Kaudillo, todos contuvieron el aliento. El gran reptil se hundió en el abismo, aunque su apesadumbrado jinete logró escapar de un salto. Reprendió con una patada a su serpiente por su torpeza, y corrió a refugiarse entre los orcos más grandes de su ejército.
Llegaba el momento decisivo. La carga final. Los elfos realizaron una carga combinada de sus tropas más excelentes para aniquilar el flanco derecho de avance orco, que era el más débil, mientras esperaban la acometida por el centro y el flanco izquierdo, mucho más poderosos. Los lanceros se dispusieron en posición defensiva y el Gran Kaudillo vociferó el Whagh. Todos los orcos llegaron al combate, y enfurecidos descargaron con violencia sus rebanadoras por encima de los cadáveres de sus hermanos, aniquilados previamente por los más rápidos elfos. Sangre y destrucción. Uno de los orcos más poderosos alzó su hacha desafiando al orejas picudas que osara morir. Erendur, el portaestandarte, guardia personal de Nolakwen, se apartó disciplinadamente de sus congéneres, y empuñó en su guardia predilecta su enorme mandoble de dos manos. El orco se lanzó con brutalidad y cierta habilidad a partirle por la mitad con una rebanadora más grande que el propio elfo. Lo último que vio fue el destello de la fina arma élfica, que le seccionó limpiamente la cabeza, que ahora adorna el glorioso estandarte de batalla. Las bajas fueron cuantiosas por ambos bandos, pero lo elfos aguantaron el embate, y se alzaron con la victoria. Al final del día, los orcos se retiraban para reagruparse y desquitarse frente a los próximos infelices que estén delante.